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Liderazgo y disonancia cognitiva

Cómo nuestro cerebro nos engaña para acomodar nuestra necesidad mental de coherencia




A nadie le gusta sentirse inconsecuente, no ser coherente. Este sentimiento ataca nuestra necesidad de autoestima. Por eso cuando actuamos en contra de nuestras creencias (de lo que es bueno, de lo que es justo, de lo que hay que hacer en una situación determinada) nuestro cerebro nos echa una mano y nos engaña. Nos engaña en la manera en que vemos las cosas y las decisiones que hemos tomado, convenciéndonos de que hemos hecho lo correcto.


Uno de los efectos perversos de este mecanismo mental, es que cuando las adversidades se acumulan y dificultan la consecución del objetivo que nos hemos planteado, la disonancia cognitiva nos convence de que, en efecto, el objetivo después de todo no es tan importante, hay otras prioridades que debemos atender, por culpa de otra persona no puedo centrarme ahora mismo en conseguirlo, etc. El cerebro nos engaña y ponemos en riesgo los dos primeros comportamientos de un líder, fijarse objetivos y comprometerse en hacer lo necesario para lograrlo.


Otro riesgo para el liderazgo de la disonancia cognitiva es que cuando hay otras personas involucradas en las decisiones que tomamos, este mecanismo hace que las empecemos a ver en virtud de nuestra necesidad de coherencia. Es decir, cambia la percepción que tenemos de las personas para adaptarse mejor a la nueva creencia que hemos desarrollado para evitar reconocer nuestra propia incoherencia. Así un directivo empieza a denostar la capacidad de su equipo cuando los resultados no son buenos, aún si siguen haciendo las cosas igual que cuando el resultado fue bueno, porque el directivo no es capaz de reconocer (o más grave aún, ni siquiera es capaz de ver) que los malos resultados son consecuencia de decisiones que él mismo tomó. Así, empezará a sobrevalorar cada pequeño error, incumplimiento o señal en su equipo que corrobore la nueva creencia (mi equipo no está al nivel). A este respecto, muchos directivos de equipos de fútbol despiden a los entrenadores cuando los resultados no son buenos, aún si ellos mismos son los que deciden qué fichaje hacer o que jugador vender. Nunca he oído a un directivo reconocer que se equivocó (y sin embargo, muchos entrenadores sí lo reconocen).




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